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Se busca chica

Se busca chica en Plasencia, tal vez el único sitio del mundo donde el Iniesta más famoso sea Roberto, el cantante de Extremoduro y no el ex futbolista del Barça. Se busca chica, y no para cualquier cosa. El anuncio está lejos de interpretarse bajo las típicas connotaciones que subyacen en una oferta de trabajo sexista que requiere la presencia de mujeres para cumplimentar tareas a las que los hombres estarían, en principio,  exentos por razones educativas, sociales o culturales con sabor añejo.  

Bajo el reclamo de “se busca chica” en las ofertas de empleo no es raro ver a continuación una reseña que explica para lo que realmente se necesita a una mujer. Se trata en la mayoría de los casos de labores relacionadas con el servicio doméstico o con el cuidado de personas mayores. Y eso cuando no se habla eufemísticamente de masajista o azafata de congresos para los que la primera cualidad que se requiere es una buena presencia física. Lo de la experiencia laboral, estudios académicos o nivel de idiomas no cuenta mucho. En la zona norte de Extremadura quieren romper clichés. Lo que buscan son mujeres para su equipo de rugby, un anuncio mucho más acorde con los tiempos actuales donde la paridad o la igualdad empiezan a desperezarse sin llegar aun a romper el techo de cristal. El equipo cacereño sólo exige dos requisitos: amar el rugby y respetar sus valores. La campaña ya está en marcha y sus promotores son bastante optimistas.

Una de las personas que busca chicas en Plasencia es Aurora, la presidenta del club local y también secretaria de la Federación Extremeña de Rugby. Su historia tiene mucho que ver con el carácter luchador de las mujeres extremeñas del estilo de Inés de Suárez, la placentina que fundó Santiago de Chile junto a Pedro de Valdivia. Empezó a jugar a rugby con 41 años, la edad en la que muchos hombres ya se han retirado. Lo hizo por su hijo, para que se apuntara a un deporte en el que aún no había equipo formado en Plasencia con la única idea de que compitiera porque, según explica, “le veía algo triste y quería que hiciera deporte”. Cinco años después el chaval siguió insistiendo y ya ha conseguido tener equipo. Su madre ha tenido menos suerte. “Actualmente no hay ningún equipo de chicas compitiendo en una liga en Extremadura. Lo que suelen hacer es juntarse chicas de los equipos de Badajoz y Cáceres para jugar algún partidillo amistoso como lo hicimos hace poco contra el equipo de Salamanca”, comenta.

Aurora se ríe cuando se le pregunta por su edad. “Eso es lo de menos porque yo siempre he dicho que lo importante es querer”, sentencia. Su marido ve con absoluta normalidad que ella y su hijo jueguen a rugby, algo que él nunca hizo. “Siempre nos anima y nos apoya pero es de esas personas sedentarias que están tranquilas viendo un partido por televisión. Vamos, de esos que iría en coche hasta el baño”, cuenta con gracejo. La falta de jugadoras la achaca a varias razones, “Por ejemplo, lo primero que hacen los padres para castigar a sus hijos es dejarles sin ir a entrenar. Entonces empieza a cundir el desánimo y abandonan por falta de motivación. Luego, lo que ocurre es que los chavales llegan a las universidades todos gordos porque no hacen deporte. Hay que hacer todo lo contrario, castigarles de otra forma que a la larga les pueda resultar más beneficiosa”, se lamenta.

Como ocurre en otros tanto lugares donde el rugby no está asentado, en Plasencia es difícil implantarlo: “Lo he intentado por todos los medios –dice Aurora-, pero el desconocimiento que hay en torno al rugby hace que la gente crea que es peligroso cuando, por ejemplo, la única lesión que ha tenido mi hijo es una esguince que también te lo puedes hacer andando por la calle”. También echa en falta algún tipo de apoyo que venga de Madrid. “Les he escrito varias veces pero no he recibido respuesta. Te dicen cosas pero a la hora de la verdad nadie se implica para echarte una mano. La triste realidad es que no hay apoyos”, dice la presidenta del club donde entrenan unas quince chicas de entre 15 y los 40 años. Su granito de arena para fomentar el rugby en Extremadura es cobrar sólo 120 euros de ficha al año, bastante menos que en otras comunidades. Pondría las fichas más baratas “pero es que hay que pagar los seguros deportivos”.  

Rotura tibia y peroné

Alba encarna otro ejemplo de superación. Todos sus esfuerzos están orientados a practicar y disfrutar del deporte que más le gusta: el rugby. A sus 26 años le ha tocado vivir la parte amarga en forma de lesión. Se acaba de romper la tibia y el peroné. No por un mal golpe o una acción violenta, que suele ser el primer pensamiento que le viene a la cabeza a la gente cuando oye la palabra rugby. Todo fue fruto de la mala suerte. Sus tacos se quedaron clavados al suelo cuando giró su cuerpo para hace un pase. “Fue el pasado 16 de noviembre en un partido de promoción que jugamos en Valladolid contra un equipo de Burgos”, recuerda. 

Como a las otras chicas de Plasencia el gusanillo del rugby vino en edad escolar cuando estudiaba en el instituto Gabriel y Galán. “Un día aparecieron por allí los chicos del equipo de rugby y nos dijeron que estaban buscando gente”. Por aquel entonces Alba no tenía ni idea de lo que era el rugby pero algo de aquella charla le interesó al punto de haberse convertido ahora en una fanática de este deporte y en una fan incondicional de Las Leonas. Como suele pasar en muchos lugares, en su pueblo no había equipo de chicas que quisieran implicarse en el proyecto. Sin embargo, ella quería jugar así que un buen día se presentó en el entrenamiento de chicos con dos amigas: Celia y Saray. “Les dijimos que estábamos interesadas y les preguntamos si nos podían entrenar”. La respuesta fue afirmativa a condición de que buscaran más chicas. Se pusieron manos a la obra y ”así fue como tiramos p´adelante”, evoca la joven extremeña.

Las cosas al principio fueron razonablemente bien. En 2010 lograron formar un grupo de “veintipico” chicas. Incluso disputaron una liga regional “que iba y venía” con otros equipos extremeños de Cáceres, Badajoz, Mérida o Don Benito hasta que la competición desapareció. Este año Alba se ha trasladado por motivos de trabajo a Salamanca. Allí juega con el equipo de la ciudad. Otras tres compañeras de Plasencia lo hacen con ella (Isabel, Clara y Aida). Pero no lo tienen nada fácil. El trio de chicas tiene que desplazarse los viernes 136 kilómetros para entrenar. Al acabar, de vuelta a Plasencia. “El sacrificio que hacen es muy grande y además les cuesta dinero y, sobre todo, tiempo”, subraya Alba. Aun así el ánimo no decae. Tiene el apoyo de su padre y de su pareja, ambos ex jugadores de rugby. También el de su madre “que es la que más se preocupa”. 

Su principal queja, como la de la mayoría de mujeres que juegan al rugby, es la falta de apoyos “y aquí incluyo también al Plasencia porque en ese tipo de cuestiones se podría mejorar”. Alba remarca que no es una cuestión puntual de su club sino de todos los equipos extremeños que apoyan siempre más a los chicos que a las chicas: “¡Y no será porque nosotras no nos implicamos! Si nos lo piden cogemos el coche y nos plantamos en Asturias a jugar”, enfatiza con algo de resquemor.  Sin embargo, a la hora de denunciar “falta de compromiso” para entrenar y jugar reparte culpas por partes iguales entre ambos sexos. En el apartado de quejas tampoco podía fallar la de la ausencia de instalaciones. En Plasencia no hay un campo de rugby, sólo uno de fútbol de hierba artificial “y con eso nos tenemos que conformar porque este año hemos conseguido que nos pongan la H aunque nadie se lo crea antes teníamos que patear por encima de la portería”.

Viaje de ida y vuelta 

La jornada laboral de Isabel concluye el viernes. A primera hora de la tarde coge el coche con sus compañeras y se van a Salamanca a hacer el entrenamiento “donde preparamos las jugadas”. Luego de vuelta a Plasencia. A las doce de la noche ya están en casa”. “Preferimos hacerlo así porque estamos más relajadas”, explica la jugadora. Cuando tienen partido el sábado madrugan bastante pero si es lejos de Salamanca, por ejemplo en Ponferrada, la cosa se complica aún más. Se levantan a las cuatro de la mañana y dos o tres horas más tarde llegan a Salamanca donde les espera el autobús que les llevara junto a sus compañeras al lugar donde se disputa el partido. “Ten en cuenta que participamos torneos de promoción que empiezan a las diez y acaban a las dos donde jugamos cuatro o cinco equipos”, afirma Isabel. Una dura jornada incluso para una jugadora que aguantó un partido entero con una costilla maltrecha. 

A pesar de sus 32 años, Isabel sólo lleva cuatro en el mundo del rugby. Le apasiona el tema de los valores y del respeto que hay en este deporte. Es tan obstinada que ha contagiado su afición a su pareja Alicia. “Ella me apoya bastante y va a ver muchos partidos aunque de momento no se ha decidido a jugar. Me pone la excusa de que no está en plena forma física pero ya le he dicho que todo en ponerse”. Lo cierto es que esta jugadora es incapaz de disimular su pasión por un deporte “donde todos somos una familia”  y donde a pesar de que alguien lo vea como algo “muy bestia” ella les responde:  ”hablamos de un deporte basado en el respeto y en unos valores que no se ven tal vez porque no hemos sido capaces de transmitirlos bien y cuyo modelo tendría que exportarse incluso a los colegios”.    

Carteles y redes sociales 

La responsabilidad de entrenar a rugby a un grupo de placentinas recae en el padre de Alba y en Raúl.  En la actualidad, y “por suerte” como dice Raúl, cuentan con un grupo de once chicas entrenando de entre 6 y 28 años. Para captar más jugadoras han difundido su anuncio de “se busca chica” a través de carteles y de las redes sociales con cierto éxito. “El llamamiento que hemos hecho ha ido relativamente bien”, señala el técnico del Plasencia femenino de rugby. Cuentan además con la colaboración de un profesor de inglés del colegio La Salle que capta a niñas explicándoles cómo es un deporte del que no conocen nada y motivándoles para que prueben algo nuevo. Pero sobre todo les hace pensar en “si hay un equipo de chicos en el pueblo, ¿por qué no puede haber un equipo de chicas”?. La pregunta pareció herir el orgullo de alguna de ellas que se apresuró a apuntarse al día siguiente.  

Una de las ideas que Raúl repite machaconamente a sus jugadoras es la del respeto. “Tienen que aprender a respetarse entre ellas para luego poder respetar a las demás, eso es algo que el rugby lleva en su ADN”. La otra idea, cuando aun se piensan si jugar o no al rugby, es desterrar de plano que sea un deporte para gente muy bruta. “Muchas veces me ponen la excusa de `mira que cuerpo tengo; estoy yo como para jugar a rugby´. Es entonces cuando les explicas que estamos hablando de un deporte donde juegan quince personas cada una en un puesto diferente. Al final, cuando van viendo poco a poco el tema, te acaban dando la razón y se convencen que ser la chica más fuerte no te hace la mejor jugadora”.

Raúl es otra de las personas relacionadas con el mundo rugby que todavía denota algún tic machista “pero lo mismo pasa en otros deportes como, por ejemplo, en el fútbol donde las jugadoras acaban de ir a la huelga”. Pese a todo es optimista en esta cuestión. “Por suerte, creo que vamos a mejor”, advierte. Lo que echa en falta para profundizar en el tema de la igualdad es un “impulso” de las federaciones territoriales o de la nacional para que las jugadoras “vean que van en serio”. Mientras, en Plasencia como en otros muchos lugares, las mujeres se ven obligadas abandonar el rugby por motivos académicos, laborales o que tienen que ver con la maternidad. “Si no hay un reenganche de nuevas caras el rugby femenino en Plasencia tiene los días contados”, concluye Raúl. 

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