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Que pidan perdón

©JFS Photo.

Que pidan perdón, que aprendan a ser humildes y que demuestren respeto a toda la afición, jugadores, técnicos y clubes. Ya puestos, como decía un profesional que ha vivido en sus carnes la experiencia de privarle de un mundial por motivos extradeportivos, que aparten también para siempre sus “sucias” manos del rugby. Ya sea por acción, (Alcobendas Rugby), o por omisión, (Federación Española de Rugby), la chapuza está hecha y el daño es irreparable. Buscar excusas o poner paños calientes en un síntoma de debilidad para eludir responsabilidades que se asumen cuando uno ostenta un cargo.  Son palabras, como dice Andrés Calamaro en una de sus canciones, “llenas de remordimiento, fáciles de olvidar y que se lleva el viento”. 

Tal vez ahora sea el momento de reconocer que cuando España fue incapaz de clasificarse para el mundial de Japón, nunca se debió poner la otra mejilla ante tanta palabrería. Se habló de árbitros, de lesiones, de mala suerte, de calendarios desfavorables. De todo, menos de fracaso. Los árboles no dejaban ver el bosque. Dicho de otra manera y sin metáforas, si España llegó a la tener la ocasión de jugársela contra Bélgica en la última jornada fue porque a los rusos les anularon un ensayo clamoroso en su propia casa. De eso ya nadie se quiere acordar.  El rugby español no se merece este maltrato aderezado con dosis de victimismo.

Apelar a la inocencia o la no culpabilidad no te exime de responsabilidad alguna. Antonio Asunción fue uno de los pocos ministros que supo conjugar en primera persona el verbo dimitir. Durante su mandato se dio a la fuga el indeseable Luis Roldán. Es obvio que el por entonces ministro no le ayudó a escapar. Dimitió por responsabilidad. Porque él era la persona que tenía que permanecer in vigilando  y, pese a todo, el prófugo más famoso de la historia en España junto al Dioni consiguió eludir la acción de la justica. En el rugby patrio se pone en marcha el ventilador y se presentan dimisiones en diferido. Por encima de todo está aparecer el día 21 en el palco del Wanda y degustar canapés viendo a los Classic All Blacks. El rey se pasea desnudo y ni siquiera un niño se atreve a decírselo como en el cuento. 

En la FER se apuesta desde hace años por el apagón informativo. Piensan que siempre escampa después de la lluvia con la esperanza de que nadie haga preguntas incómodas. Lo que ocurre, es que cuando alguien limpia con un trapo el vaho que había en el espejo, ese alguien se lo ha encontrado roto en mil pedazos imposibles de volver a pegar. De repente dicen que les han engañado, que no sabían o que todo el mundo actuaba contra ellos. En el periodismo hay un dicho: “si una persona dice que llueve y otra dice que no, la labor del periodista no es darle la voz ambas, sino abrir la puta ventana y ver si llueve”. Aquí se acepta una fotocopia sin compulsar como documento oficial y lo importante es buscar a los responsables del engaño. Lo tuvieron delante de sus narices y no se dieron cuenta. Los rusos y los rumanos, sí. La desidia de unos y la avidez de otros hizo el resto.

La puesta en escena en el Consejo Superior de Deportes para echar balones fuera queda como una de las páginas más tristes del rugby español. Y eso que el listón estaba muy bajo. Hay antecesores al cargo que se libraron de ir a prisión tras pactar con la Fiscalía por un delito de administración desleal. Vaya por delante que el presidente convoca a los medios que cubren habitualmente los temas de rugby para un viernes por la mañana, y el jueves por la noche se pasea por los micrófonos de una radio para explicarse y anunciar que no dimite. Una auténtica falta de respeto hacia quienes durante sus años de mandato han aportado visibilidad al mundo del rugby. Los mismos a quienes pidió que, desinteresadamente, apoyaran a la selección para ir al mundial y que nunca le fallaron, mientras que el seleccionador censuraba en público a los profesionales de la información que cuestionaban sus métodos.  

La comparecencia ante la prensa fue todo un ejercicio de autocomplacencia. Vendió como propia su dimisión, después de que el Consejo Superior de Deportes le hubiera enseñado la puerta de salida porque carecía de autoridad para apartarle el sillón federativo. Para más inri, los de World Rugby acababan de echar a España de la Copa del Mundo y al máximo responsable del rugby español no se le ocurre otra que decir que “esta comisión de elegibilidad ha sido valorada y felicitada por World Rugby y Rugby Europa”. De nuevo, nadie osó advertirle al rey de que iba desnudo.  Las explicaciones en forma de burdas excusas adolecían de la debida contundencia. El presidente daba tragos de agua mientras otros señalan con dedo acusador. Se buscaban quintacolumnistas.  Eso sí, se cuidaron mucho de dar nombres y de añadir la manida coletilla de “presuntamente”. 

Durante muchas semanas quisieron tapar el escándalo a base de enviar mensajes tranquilizadores a todo el que se interesaba por la cuestión, aun sabiendo que les habían engañado con el tema del pasaporte. El propio director de deportes del Consejo Superior de Deportes confirmó que la FER les había comentado lo de la falsificación del documento hacía tres semanas. Uno no acierta a entender una política de comunicación tan torpe y errática. No solo hacia la prensa, sino hacia la gente que se ha partido la cara en los terrenos de juego por el sueño mundialista. En cualquier manual de comunicación, ya sea interna o externa, se aconseja no mentir. Eso no es lo mismo que eludir la verdad, simplemente es eso, no mentir.

En este caso han mentido, incluso a sí mismos. Sabían lo que pasaba y se lo ocultaron a los jugadores. Cuando estos se quitaron la venda de los ojos y comprobaron el desastre organizado, alzaron su voz. Sobre esta cuestión, la persona que pone la honestidad como bandera de la FER, se atreve a decir en rueda de prensa, sin que nadie se dirigiera a él, que los jugadores estaban manipulados. Resulta sonrojante ver que gente que se dedica a retorcer la realidad a su antojo para tratar de evitar lo inevitable, se dedica a acusar a los demás de manipuladores porque exigen saber la verdad de un engaño. Un engaño que, por cierto, ha llevado a una situación sin retorno al rugby español.

Si se echa la mirada atrás, la autocomplacencia es lo que mejor define lo dócil que ha sido el rugby español con sus dirigentes. Había señales inequívocas de que el barco hacía aguas. Los patrocinadores se iban, la mujer encargada del rugby femenino dimitía ante la falta de planes de futuro, los clubes criticaban un día sí y otro también la gestión federativa y las televisiones daban la espalda al rugby. Nadie cuestiona, ni ahora ni antes, la honestidad de ningún miembro de la FER. Cuando se critica al presidente siempre se apela desde la federación a su honestidad. Hay muchos jugadores honestos que nunca llegaron a jugar con Los Leones. Saber los límites es una virtud, ignorarlos una ineptitud.

Dado que los ánimos están por los suelos quiero recuperar parte de una información que escribí hace tiempo sobre el capitán de los All Blacks, Sam Cane, porque su ejemplo puede servir para que ningún jugador arroje la toalla por muy veterano que sea para verle en el Wanda el próximo 21 de mayo. Todos, sin excepción, se merecen el reconocimiento de una afición que nunca dudó de ellos ni por su lugar de nacimiento, ni por su entrega, ni por su profesionalidad.  Decía así:

“Todo pudo dar un vuelco el 6 de octubre de 2018. En el estadio Loftus Versfeld de Pretoria, Sudáfrica y Nueva Zelanda se jugaban el título del Rugby Championship de ese año. La tiranía de los All Blacks en este torneo durante los dos últimos lustros se hacía insoportable para sus rivales. Los Springboks tenían una oportunidad de oro ante el equipo que más veces le ha derrotado a lo largo de su historia. Corría el minuto 36 cuando Cane chocó de forma violenta en un ‘ruck’ contra el tercera línea surafricano Francois Luow.

Fueron instantes de nerviosismo. El jugador yacía en el suelo boca arriba con los brazos extendidos. Sus compañeros estaban agarrados formando un círculo. Dos médicos le atendían a escasos metros. Cane movía los labios. Parecía maldecir lo que le estaba pasando. Tras unos interminables segundos logró sentarse sobre el césped. Seguía maldiciendo. Ya sabía que se había roto el cuello.

Un gesto afable de su capitán Kieran Read sirvió para emprender camino a los vestuarios. Lo hizo caminando y por su propio pie. Allí, en Pretoria, es donde muchos creen que empezó a escribir su carta de presentación para llegar algún día a convertirse en capitán de los All Blacks.  Además, consiguieron doblegar por solo dos puntos a los surafricanos y ganar el título de ese año. La lesión fue muy aparatosa. Los médicos no descartaron incluso que acabara en silla de ruedas. No sabían cómo se las gastaba Cane. En siete meses ya estaba otra vez corriendo, pelando, placando y empujando sin rastro alguno de secuelas provocadas por la lesión”. 

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