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Copa del Mundo

Simply the Best, Rory

©Getty Images para WR. Best tras caer en QF ante Nueva Zelanda en su último partido con Irlanda.

Tuvo que pasar mucho tiempo para que en Irlanda surgiera un talonador carismático que hiciera olvidar a Keith Wood, premiado en 2001 como el mejor jugador del mundo y capitán durante varios años de la selección del trébol. Hasta que apareció Rory Best, el buque-insignia en el XV irlandés a lo largo de más de dos lustros y que acaba de despedirse tras caer su equipo frente a Nueva Zelanda en el mundial de Japón. Acompañado de sus tres hijos, todos ellos luciendo la camiseta verde, dijo adiós a una selección en la que por motivos extradeportivos ha tenido seguidores y detractores. No es fácil nacer y vivir en un barrio protestante de Belfast y defender al mismo tiempo los colores de Irlanda. Como tampoco lo es en cuestiones futbolísticas asumir que la política te obliga a jugar con Irlanda del Norte y te impide hacerlo en favor de una selección más potente como Inglaterra. Este fue el caso del Best más famoso del norte de la isla  y de nombre George. Fue un futbolista excelso que pudo haber sido campeón del mundo si le hubieran dejado  jugar con los ingleses. Un extremo izquierdo que llevó a la gloria al Manchester United y cuya carrera deportiva tuvo los altibajos propios de alguien a quien el éxito se le atraganta por el excesivo consumo de alcohol.  

Best no ha sido el único en despedirse tras el mundial de Japón. Todas las selecciones tienen que renovarse por edad o por sus malos resultados deportivos. El talonador lo ha sabido hacer a tiempo y por la puerta grande. Atrás queda su debut en 2004 sustituyendo durante un partido a su hermano Simon  en Ulster, su equipo de toda la vida donde llegó a disputar 218 encuentros, logrando 23 ensayos. A partir de entonces sólo tardó un año en enfundarse la camiseta del trébol y la casualidad quiso que fuera contra los All Blacks, los mismos contra quienes también decidió colgar sus botas. Tampoco eligió mal su rival para conseguir su primer ensayo con Irlanda. Lo hizo en 2005 contra los Springboks que dos años más tarde se proclamaron campeones del mundo en Francia. Contra equipos del hemisferio norte se vio recompensado con dos Grand Slam y con tres Triple Corona. También fue designado en dos ocasiones miembro de los British and Irish Lions. Resulta curioso comprobar ahora que su inclusión en la primera gira vino motivada por la expulsión justo antes de embarcar hacia Australia  del capitán inglés Dylan Hartley, otro que también ha decidido retirarse, y cuyo comportamiento tanto dentro como fuera del campo ha dejado siempre mucho que desear.

El ex capitán de Irlanda convivió en su infancia con la violencia que asolaba el norte de la isla. Antes de que prendiera la llama del odio en Irlanda del Norte  un poeta llamado John Hewitt, también nacido en Belfast, trató en 1974 de dar un nombre a todo aquello. “Soy un Ulsterman”, dijo. Su explicación resultaba hasta cierto punto racional: había nacido en la isla de Irlanda, por lo que se consideraba irlandés y su lengua materna era el inglés, razón por la cual era británico y como el archipiélago estaba en Europa también se sentía europeo. Los 3.600 muertos que hubo después por cuestiones identitarias, religiosas o de odio conducen a pensar que sus ideas fueron aparcadas  durante demasiado tiempo. Quedan aún algunas heridas sin cicatrizar y esas mismas heridas pueden reabrirse si se cumplen las amenazas de los unionistas, el sector mayoritario de la población norirlandesa, en función de cómo se solucione el tema de Brexit. No hay que olvidar que el 56 por ciento de la población votó a favor de seguir en la Unión Europea.   

En el tema político Best apostó por moverse en una ambigüedad calculada. Nadie llegó a cuestionar jamás su compromiso con la selección irlandesa pese a que vivía en un territorio cuya bandera oficial era la del Reino Unido, es decir, la del país del que Irlanda logró independizarse tras una cruenta guerra culminada hace ahora un siglo. Prueba de ese ese compromiso es que en 2013 se rompió el brazo contra los All Blacks y siguió jugando. Tenía madera de líder y sabía explotarla. Su capitanía al frente de la selección venía avalada por sus méritos deportivos dentro y fuera del campo. Cuando el deporte deja paso a la política puede ocurrir lo que le ha sucedido a este tipo de Belfast que vivió su infancia en un país devastado por la violencia  donde permanecer neutral era una quimera y donde sólo en el año de su nacimiento  (1982) se produjeron 110 muertes entre ambos bandos. Aun así, en Irlanda hay quien considera un demérito que el capitán de su equipo no entone el himno cuando sí lo hacen otros compañeros. 

Best ha ofrecido dos versiones distintas sobre su negativa a cantar el himno antes de los partidos y eso que no es el único. Hasta hace un año también le imitaba Jeami Heaslip, el segundo capitán de la selección que aunque nacido en Israel, porque su padre estuvo allí destinado como militar, vivió y creció en Eire. Best alega que desde muy pequeño soñó con vestir la camiseta de Irlanda y jugar en Lansdowne “que es el mayor honor que puedas lograr”. El ya ex capitán de la selección del trébol viene a decir que es tan emotivo el himno de “La llamada de Irlanda” (Ireland´s call) que le hace perder la concentración. Incluso pone como ejemplo de esa sobrexcitación el motivo por el que una vez fue expulsado por hacer un placaje a un adversario al que casi le hizo volar. Eso de escuchar “hombro con hombro, responderemos a la llamada de Irlanda” afirma que le supone tal emotividad que se ve obligado a echar el freno de mano para reconducir sus emociones y centrarse sólo en el juego.

Estas explicaciones no convencen del todo a los aficionados irlandeses. A muchos les duele ver cómo enmudece su capitán cuando todo el campo canta a coro “La llamada de Irlanda”, como tampoco ayuda el hecho de que en 2017 fuera nombrado oficial de la Orden del Imperio Británico por sus servicios al rugby. Los fans demuestran su disconformidad en las redes sociales. A veces de forma muy áspera. Aquí es donde Best demuestra su flema británica para aportar su segunda versión sobre su rechazo a cantar el himno: “creo que no lo hice porque me encanta ser masacrado en las redes sociales”, comentó irónicamente. En realidad se trata de querer creer o no a un hombre de 37 años que se ha enfundado la camiseta de trébol en 124 ocasiones y que se ha roto la cara en cada partido en un deporte que los católicos rechazaron en un principio por ser un vestigio más de la ocupación inglesa de la isla. 

A los más incrédulos sobre los verdaderos sentimientos del ya ex capitán irlandés les resultaría aconsejable observar con detenimiento la entrevista que realizó a pie de campo tras la derrota en Japón contra los All Blacks. A la primera pregunta del periodista tarda quince segundos en responder. Primero traga saliva y con su mano derecha se acaricia la comisura de sus labios. Rory Best tiene la mirada perdida y los ojos vidriosos. No fija la vista ni en el periodista ni en la cámara. Luego aparecen de repente los tics propios de una persona nerviosa: se rasca la parte posterior de su cabeza con la mano izquierda, la misma que emplea luego para rascarse el brazo derecho y vuele a tragar saliva. Cuando ya se arranca para decir sus primeras impresiones del partido la secuencia de tics se repite sin cesar durante los dos minutos que dura la entrevista. Y es que hay cosas imposibles de disimular porque la comunicación gestual es muy traidora.

Lo importante es que el rugby, junto al cricket,  ha servido durante décadas como único nexo de unión entre los habitantes de una isla repartida hace un siglo en dos trozos por los políticos. La Irish Rugby Football Union (IRFU) se fundó en 1875 después de que se fusionaran los dos organismos que abarcaban todo el territorio por aquel entonces (Irish Football Union y Northern Football Union of Ireland). Ello trajo consigo un solo órgano regidor (IRFU) y la creación de tres sucursales Ulster (norte), Munster (sur) y Leinster. Como la isla está repleta de símbolos identitarios el rugby no podía permanecer ajeno a este tipo de cuestiones. Así, se acordó como fórmula salomónica que cuando la selección jugara en Eire debía ondear la bandera tricolor, esto es, la oficial de la República de Irlanda mientras que si lo hacía fuera lucía la de las cuatro provincias (Ulster, Munster, Leinster y Connacht).

Con respecto a los himnos prevaleció la idea de no pisar callos y de eludir la polémica. Antes de 1995, cuando la selección disputaba un encuentro en Eire, se escuchaba en gaélico  Amhrán na bhFian’ (‘La canción del soldado’) y si lo hacía fuera sonaba el inglés  God save the queen”. Lo cierto es que ninguno de los dos himnos era sinónimo de inclusión porque en ambos casos solo una parte de la población se sentía representada. Para tratar de contentar a todos ahora se entona en cualquier campo el Ireland’s Call, un himno que acuñó la Unión de Rugby irlandesa para la disputa de los partidos internacionales. Por cierto, su hasta ahora seleccionador Joe Schimidt nunca puso reparo alguno a la decisión de Best. “Siempre ha sido un ejemplo”, sentenció para acallar todas las críticas. 

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