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World Rugby: Islandia o el 2 de Mayo

©Walter Degirolmo. Imagen del España - Samoa de Noviembre 2018.

Por Enrique Moscat – @enriquemoscat

Como todos los aficionados al rugby saben, el pasado 2 de mayo se comunicó el resultado de la votación telemática para elegir al nuevo presidente de World Rugby, en la que Sir Bill Beaumont renovó su mandato por cuatro años más tras obtener 28 votos por los 23 del aspirante, Agustín Pichot. El status quo por el que aboga el inglés acabó superando a la apuesta del argentino, que era partidaria de expandir el rugby lo máximo posible y potenciar a las federaciones de los países emergentes. La reelección del Beaumont, no por esperada, supone un ligero jarro de agua fría para la mayoría de las naciones del Tier 2 y 3, que tenían puestas sus esperanzas en que la llegada de Pichot significara una ventana abierta a los cambios.

Sin embargo, según The Sunday Times, World Rugby proyecta poner en marcha algo similar a la Liga Mundial por la que suspiraba el argentino, con el ligero matiz de que el ya reelegido presidente no tiene in mente que vaya a haber ascensos y descensos (al menos a corto plazo y, en todo caso, a lo que atañe a las naciones del Tier 1). Como ya publicó hace escasos días la Revista22, España estaría en una hipotética segunda división con países como Japón, Fiyi, EEUU, Uruguay, Georgia, Tonga o Samoa. Todavía no hay noticias acerca del formato pero no parece que este modelo vaya a satisfacer a todos por igual: Japón o Fiyi (incluso la misma USA o Samoa) están más por y para jugar ante argentinos, italianos o escoceses que ante el resto de países del Tier 2. De hecho, dudo enormemente que, en caso de que este proyecto se ponga en marcha, nipones y fiyianos sean de la partida jugando contra los Tier 2.

Aparte de esto, el programa de Bill Beaumont incluye mejoras encaminadas hacia el bienestar y la salud de los jugadores, proporcionar un crecimiento económico sostenible, dar mayor visibilidad al rugby femenino y armonizar en la medida de lo posible el calendario mundial. A simple vista, los planes del inglés, que contará con Bernard Laporte como vicepresidente y mano derecha, son poco o nada ambiciosos y están encaminados hacia la estabilidad de un modelo que gusta a los de siempre. Pero ojo, que en estas elecciones ha quedado de manifiesto que cada vez hay más voces que quieren cambios -incluso algunas de países Tier 1- y, en un futuro próximo, su continuismo le podría pasar factura. Y es que en los próximos cuatro años, el status quo por el que abogan el binomio Beaumont-Laporte se encontrará varias piedras en el camino. Al menos tres. A saber:

1.- DEMOCRATIZAR Y DEPURAR LAS INSTITUCIONES

Si de algo ha presumido el deporte oval desde tiempos ancestrales es de su integridad, de respetar las tradiciones y de ser un deporte de caballeros. Sos sus señas de identidad más importantes pero, en los últimos tiempos, situaciones tan dantescas como el affaire Iordaschescu han hecho que estas se hayan tambaleado. Por tanto, es de suponer que, desde su presidencia, se tomarán las medidas necesarias para que no se vuelva a repetir lo sucedido en el más que polémico Bélgica-España de 2018 y el consabido lío de despachos que vino después, que manchó la imagen de nuestro deporte y que puso en algo más que en tela de juicio la (supuesta) honorabilidad de Rugby Europe.

Pero la federación continental presidida por el controvertido Octavian Morariu no es el único grano en el culo de WR. En otras instituciones continentales y, especialmente, en varias federaciones nacionales se acumulan casos de irregularidades en la elegibilidad de los jugadores (España, Bélgica o Rumanía) o de corrupción (Samoa y algunas federaciones africanas, entre otros). Sin ir más lejos, incluso dentro de la propia World Rugby -y en relación a la propia elección presidencial-siguen habiendo rescoldos de pasado y del servilismo a la oligarquía que reina desde siempre en el mundo ovalado. De hecho, para hacernos una idea, solo 18 naciones tienen derecho a voto y

entre 10 países (los del Tier 1) y sus federaciones continentales se ventilan 38 de los 51 votos. Es decir, para elegir quién mandará hasta 2024, más allá de los de siempre, solo tienen derecho a voto las federaciones de Asia y Sudamérica y únicamente 8 países más, entre los que por supuesto no están Rusia, España, Alemania o Brasil (países emergentes en rugby e importantes mercados).

2.- GLOBALIZACIÓN DEL JUEGO

Pichot no tenía duda. Yo tampoco. Si queremos que el rugby sea un deporte global no puede ser que jueguen siempre los mismos y en las mismas competiciones. Deportes como el baloncesto o el fútbol son los espejos en los que mirarse y es que ambos, especialmente el fútbol, son el paradigma del deporte global. Como dato comparativo encontramos este, absolutamente demoledor: en los últimos 8 mundiales de fútbol han participado 70 selecciones distintas, mientras que solo 25 países han jugado en alguna de las ocho ediciones de la RWC disputadas hasta la fecha. Y esto se ha dado porque desde hace casi 100 años en la FIFA y en la UEFA se tuvo bien claro que el fútbol no sería el deporte rey si solo se jugaba en las islas británicas y en cuatro países más. La idea era clara desde casi el principio: todos tienen que jugar contra todos y en igualdad de condiciones. Sin privilegios.

En el tenis hay una máxima que dice algo así como que “solo se puede progresar si juegas a menudo con jugadores mejores que tú”. Pues esto que parece tan simple, hasta ahora, en el rugby no parece que se haya comprendido bien. El problema no es que España y la mayoría de las selecciones del Tier 2 sean malas, buenas o regulares, el problema es que no les dan la oportunidad ni de demostrarlo ante los Tier 1. Y aunque las comparaciones son odiosas, a veces son muy útiles para dar luz. Tomemos a las selecciones históricamente más potentes del rugby y del fútbol mundial por un lado (Nueva Zelanda y Brasil) y, por otro, un ejemplo de que el que desde siempre todos tengan la opción de jugar contra todos es beneficioso a la larga para la globalización del deporte (la selección islandesa de fútbol).

Empecemos por la comparativa All Blacks-Brasil XI. Dos selecciones que siempre han sido potencias en sus respectivos deportes, dos equipos que han arrastrado seguidores en los cinco continentes y que probablemente son los más famosos del mundo. Pues bien, en toda la historia, los All Blacks han jugado 591 partidos ante únicamente 19 selecciones. Y, RWC aparte, de estos 591 encuentros solo 20 han sido ante equipos del Tier 2. Por contra, el XI de Brasil ha jugado 973 partidos ante la friolera de 89 equipos nacionales (incluyendo a países de escaso nivel como Andorra, Tanzania o Tailandia). No hace falta decir mucho más pero, como conclusión rápida, es fácil darse cuenta de que en un deporte se da la opción de progresar a los más débiles y en el otro no. Precisamente de esta opción de progresar que siempre dio la FIFA y la UEFA a los más débiles se aprovechó la selección de Islandia. Este país, que tiene aproximadamente el mismo número de habitantes que la ciudad de Alicante, empezó a competir en torneos y/o amistosos organizados por la FIFA desde que se afilió a esta en 1947. Desde ese año hasta 1992, los islandeses jugaron un total de 78 partidos oficiales y únicamente ganaron 11. En dichos partidos, los del país de los volcanes se midieron (y perdieron) ante Francia, Italia, Inglaterra, Holanda, España o Alemania con asiduidad. Pero ganar o perder no era lo importante. Lo verdaderamente importante era jugar y tener la opción de recibir la goleada y APRENDER del rival. Algo que permitieron inteligentemente la FIFA y la UEFA y, hasta ahora, niega con rotundidad WR. ¿El verdadero resultado de todas las palizas que recibió Islandia? Pues que, a día de hoy, “los vikingos” ya han ganado al menos una vez a casi todas las potencias que antes les goleaban y llevan en su palmarés el haberse clasificado para las fases finales de la Eurocopa 2016 (donde llegaron a cuartos de final tras vencer a la otrora invencible Inglaterra) y el Mundial 2018 (no pasaron a segunda ronda pero lograron empatar con Argentina). Visto el ejemplo del once islandés, ¿qué acabaría pasando si al XV del León le permitieran jugar todos los años 4 o 5 veces contra Gales, Escocia o el XV del Gallo?

3.- CALENDARIO UNIFICADO

El primer paso para que el anteproyecto de esa especie de “Liga Mundial” de la que hemos hablado al principio tome cuerpo, pasa indefectiblemente por unificar calendarios, ya que las distintas selecciones disputarían varias ventanas de partidos y lo lógico sería que todas ellas pudieran disponer de sus mejores jugadores jueguen donde jueguen. Hasta ahora, tomando como ejemplo Europa, las naciones que juegan el Rugby Europe Championship (Seis Naciones B) o el Trophy (Seis Naciones C), rara vez disponen de todo su arsenal porque muchas de las jornadas de ambos campeonatos coinciden con partidos de las ligas profesionales francesas, inglesas y el Pro12.

Esto, además de una incongruencia, representa un claro agravio comparativo (otro más) entre el Tier 1 y los Tier 2-3: mientras que el XV de la Rosa, Irlanda o los All Blacks tienen SIEMPRE a sus mejores jugadores porque el 100% de su seleccionado milita en sus respectivas ligas (que, por otro lado, son las mejores del mundo), España, Portugal, Alemania o Rumanía tienen que negociar la liberación de sus seleccionables con sus clubes de origen, algo que en deportes como el fútbol o el balonmano no pasa. Y lo más curioso es que, según el artículo 9 del Reglamento, los clubes están obligados a ceder a sus internacionales, algo que en la práctica muchas veces no acaba sucediendo (normalmente por temor de los propios jugadores a perder la titularidad en su club o a no ser renovados, en caso de que se esté en el último año de contrato). Con una Liga Mundial en condiciones y funcionando en el marco de un calendario global unificado, jamás coincidiría un partido de España con una jornada del Top 14 o del Pro D2, con lo que Santiago Santos podría tener siempre a su disposición a sus mejores hombres durante 10-12 partidos al año, algo que sería fundamental para cohesionar el equipo y para pulir y perfeccionar el estilo de juego a la mano que el madrileño quiere imponer. ¿Se imaginan el nivel que podría adquirir el XV del León si siempre tuviera en sus filas a Pinto, Feuteu, Civil, Zabala, De Marco, Guillaume, Gibouin, Quercy, Usárraga, Rouet, Rubio, Munilla, Gimeno, Nueno, Perrin, Minguillón o Malié, entre otros?

No sabemos qué pasará en los próximos años. Ni siquiera sabemos si Bill Beaumont finalmente hará algunas de las reformas necesarias para modernizar el rugby, pero lo que sí sabemos es que si mantiene el status quo, los Tier 2 acabarán rebelándose. World Rugby lo tiene en su mano: o hace “un Islandia” o, tarde o temprano, tendrá su “dos de mayo”…

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